jueves, 31 de agosto de 2023

El Chico y Yo

 Hace unas semanas atrás, ya de madrugada (casi las 3 a.m.), el insomnio se apoderaba de mí nuevamente. Recuerdo haberme acostado y apagar todos los artefactos que distraen el sueño como a la 1 de la mañana, aproximadamente, pero por más que intentaba no podía dormir, daba vueltas en la cama, cambiaba de música, todas las noches duermo con música y es algo que hago desde que tengo uso de razón. Cuando era chico y dormía en el cuarto de mis padres, ellos ponían música, y luego más grande cuando ya dormía en mi cuarto yo también hacía lo mismo, generalmente pongo a Charly García para entregarme a “los brazos de Morfeo” (qué huachafo!).

Curiosamente, nunca he tenido problemas con mis parejas en ese aspecto, a ninguna le ha molestado esa manía que tengo por dormir con música, o el tic de mover el pie para poder dormir o untarme la nariz con abundante “Vick Vaporub”.

En fin, volviendo al principio, el insomnio se apoderó nuevamente de mis noches, venía a visitarme otra vez cuando pensaba que ya se había aburrido de mí, pero no… Esa madrugada mientras giraba en la cama y buscaba, con cierto aire derrotista, la canción correcta que me haga conciliar el sueño, sin éxito alguno (tonto yo). Aquella noche, caí en la conclusión que mi insomnio ya venía tocándome la puerta semanas atrás. 

Hace un par de semanas o tres quizás, despertaba a mitad de la noche y pasaba treinta minutos o una hora despierto, pensando en las cosas que había hecho, que me habían sucedido, en la gente que conocí, en los amores que dejé, en el arrepentimiento de haberla dejado, en mi madre, en mi soledad, en mi vida. 

De pronto, esa madrugada cuando ya eran las 3 a.m., regresé a cuando era niño, un chiquilín de 5 o 6 años quizá, a esa edad tenía una tradición muy masoquista, cada noche antes de dormir mi cabecita, inocente aun, alucinaba que mis padres morían. Yo lloraba en silencio, no quería que nadie escuchara mi llanto, mi pena autoinfligida. Nadie sabía de mi ritual nocturno, de esa pena mía, de mi más grande miedo, de aquel luto anticipado que me ponía encima de la pijama marrón con ribetes cremas. Esos pensamientos me acompañaban con el llanto de una pena imaginaria, hasta que rendido por la tristeza y de tanto llorar me quedaba dormido hasta el día siguiente y cuando despertaba con angustia corría a ver si mis papás aun estaban conmigo y no muertos como en mis pensamientos de la noche anterior. 


Me parece que en esos momentos angustiosos, en esas noches de flagelaciones mentales, de muertes, de penas anticipadas, de llantos eternos que descansaban conmigo hasta el día siguiente; creo que esas noches en la puerta de mi cuarto merodeaba el insomnio: altivo, imponente, con esa soberbia y la confianza que le da la noche. Estaba ahí, parado observándome, con un traje negro elegantísimo, alto y flaco, blanco como la leche y de cabellos grises (a pesar de sus canas tenía un semblante juvenil, debe ser por todos los sueños robados a tantos noctámbulos como yo). Pero, por qué venía a verme a tan temprana edad?, qué quería de mí este personaje siniestro que amenazaba mis sueños con los miedos más tremendos que un niño podía imaginar?, por qué no me seducía con elefantes voladores o delfines que me llevaran a recorrer las profundidades de los siete mares, o con piratas con pata de palo en busca de un tesoro en alguna isla inexplorada?, por qué no era un superhéroe que salvaba a la humanidad o un científico que inventaba la inmortalidad o los viajes en el tiempo, o un astronauta que viajaba a otros planetas a vivir aventuras increíbles? Por qué tenía que soñar con la muerte, y con la muerte de las dos personas que más amo, por qué? Por qué el insomnio desde el inicio se convirtió en un pesar y no en algo divertido?. Con el tiempo, tuve que camuflar esos pesares, esos temores, esos miedos, con cigarrillos, alcohol, noches de joda, amigos que no son más amigos, y otros tantos que aun lo son. 


Esa noche, la noche de hace unas semanas atrás, cuando ya casi eran las 4 de la madrugada, y ya casi dormido, vi tu rostro, tu sonrisa enorme, tus ojos grandes, tus manos que en algún momento me habían tocado y acariciado, tu boca que solo sabía de ternura y de besos apasionados y cálidos. Sentí tu luz, esa luz que ilumina a todo aquel que se cruza en tu camino, esa que iluminó el mío y que aun necesito (aun te necesito). Quise ser tu luz también, pero creo que no fui más que una vela gastada, que en vez de iluminar creaba claroscuros que desviaban nuestro amor.


Desperté con los ojos llorosos y con un nudo en el pecho, pensando en ese chico que dormía con pena llorando la muerte de sus padres, y al instante una frase, que acompañaba el recuerdo de mi sueño, se apoderó de mis pensamientos: “Ay, cómo estará mi alma?”, repetía mi cabeza cada vez que admiraba entre alucinaciones al chico de 6 años que imaginaba muertes, mezclado con tu rostro, tu boca y todo lo que ya les conté.

No pude dormir más, eran casi las 5 de la mañana. Cogí mi celular y me puse a escribir, nunca me gustó escribir por celular algo que sale de mi alma, pero esta vez era urgente, tenía una necesidad imperante de hacerlo, todo se proyectaba en mi cabeza, imágenes, sonidos, melodías… Mi mente era una comparsa, donde personas bailaban, tomaban, gritaban, reían. Irónicamente reían en mi cabeza mientras mi alma lloraba, extrañaba, quería regresar el tiempo a aquel sábado donde todo acabó. Escribí lo que estas personas gritaban en mi cabeza, y sin corrección alguna apagué el celular, dejando solo a Stravinsky arrullarme con sus melodías hasta el día siguiente, mientras el caballero alto de cabellos grises y blanco como la leche se alejaba en busca de otro soñador que anda cansado de soñar.